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EX LIBRIS / CRITICA / COMENTARIO DE LIBROS


La espada externa de la palabra escrita, pero sin la crítica interna

Paraguayo e independiente

El déspota y modernizador presidente Carlos Antonio López disuadía con la fuerza a los enemigos del Paraguay, pero prefirió la “fortaleza” de El Paraguayo Independiente para defender con éxito nuestra soberanía, desde el terreno de las ideas. Supo combinar adecuadamente el “poder duro” con el “poder blando”
Justo P, BENITEZ; César A. VASCONSELLOS; y Eusebio AVEIRO L., El Paraguayo Independiente. Abril 26, 1845 a Setiembre 18, 1852, Imprenta Nacional, Asunción, 1930, tomo I, 652 p.
    l Honorable Congreso Legislativo de la
         Nación Paraguaya, integrado por las Cámaras de Senadores y de Diputados, en 1928 aprobó la ley número 962 , que fuera promulgada por el presidente de la República Eligio Ayala, uno de los dos o tres estadistas de nuestra historia republicana de dos siglos, en la que predominan las coyunturas y aciagas etapas autoritarias, que impidieron hasta ahora que en el Paraguay impere un verdadero Estado de derecho democrático.

La ley ad hoc de 1928 estatuyó que los parlamentarios seleccionados debían cuidar lo que sería la tercera edición, en formato de libro, del vocero oficial y propagandístico de la República del Paraguay, en defensa de sus derechos soberanos de nación independiente, y de la doctrina de la libre navegación de nuestra bandera en ríos internacionales, políticas públicas externas que el despótico y a la vez modernizador presidente Carlos A. López había decidido respaldar bajo la forma de una publicación periódica: “El Paraguayo Independiente” (EPI), significativo título asentado sobre el cimiento de una oración y consigna, “Independencia ó Muerte”, que sintetizaba la ideología del medio de prensa oficial.
El semanario militante “El Paraguayo Independiente”, bajo la firme dirección política y diplomática del inapelable presidente Carlos Antonio López, el principal redactor y editorialista, que contaba en su tarea de publicista con el apoyo de Juan Andrés Gelly y de Manuel Pedro de la Peña, además de la de José Berges, y la muy significativa, y aparentemente contradictoria, del diplomático del Imperio brasileño en Asunción, José Pimienta Bueno. Este último había llegado al Paraguay, encargado por Río de Janeiro, para transmitir al gobierno paraguayo el reconocimiento de Estado independiente que había decidido conferirle el imperio del Brasil.
Por lo tanto, la transitoria participación de Pimienta Bueno en el equipo de redacción de EPI fue una hábil jugada diplomática del jefe de Estado paraguayo, Carlos A. López, pues políticamente le comunicaba así al tirano de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, entonces el enemigo público número uno de la República del Paraguay, que contrapesaría una eventual agresión suya a la Patria con su aliado imperial brasileño, gracias a un tratado bilateral de defensa mutua, vigente entonces y que solo la historia habría de decir hasta que punto llegaría a verificarse en los hechos, en el caso de ser necesaria la aplicación de su contenido. La presencia del diplomático de la corte imperial del Brasil, en EPI, durante nuestra “primera república”, fue una de las más importantes y primeras manifestaciones de la pendularidad (entre Buenos Aires y Río de Janeiro, después Brasilia), que caracterizó a las políticas públicas externas del Paraguay hasta la aventura del MERCOSUR, el mecanismo subregional de integración,   que hoy se encuentra cuestionado por numerosos sectores paraguayos, y también del Uruguay, a raíz de tantos hechos contrarios a los intereses nacionales que, sin solución de continuidad, emanan de las estrategias de Brasil y Argentina, en ese orden, y a veces simplemente originadas en antiguos reflejos y caprichos colonialistas de las dos mayores economías, geografías y poblaciones entre las naciones que suscribieran el Tratado de Asunción en 1991.
Debe aclararse que el presidente autoritario del Paraguay, el viejo López, nunca “casó” al Paraguay con el imperio del Brasil, y con ningún otro poder extranjero, fiel a su proverbial sospecha (no siempre acertada) de todo lo foráneo. Por eso, si entre más desacuerdos que coincidencias, en 1850 el Paraguay había suscrito con la corte de Río de Janeiro el tratado Varela-Bellegarde, de “mutua asistencia y socorro”, para enfrentar a Rosas, en 1855 una imponente escuadra imperial brasileña, al mando del almirante Ferreira de Oliveira ingresó al Río de la Plata y remontó el Paraná, hasta Tres Bocas, en su confluencia con el río Paraguay, en busca de reparaciones para el emperador, insultado según su corte por el jefe del naciente Estado paraguayo. Como en otras ocasiones, antes y después, el pragmatismo diplomático del presidente López también en esta oportunidad impidió que el río Paraguay se tiñese con la sangre vertida, por el Paraguay, de un lado, y por tropas de alguna potencia extranjera, del otro. Las políticas públicas externas de López tenían una característica de
sus intereses, por ser la Argentina dueña de la navegación del Paraná, única salida al exterior de aquel mediterráneo país.

Para rebatir la propaganda periodística fue fundado El Paraguayo Independiente, que apareció el día 26 de abril de 1845 bajo la dirección del presidente López y con el programa de demostrar que el Paraguay ‘tiene incuestionable derecho de mantener y sustentar
su independencia; que Buenos Aires no tiene título alguno que oponer, y que su opinión no podrá fundarse sino en la fuerza y conquista que no es derecho y sí sería un hecho, porque la República de Paraguay resistiría hasta el último esfuerzo de los sacrificios’. […]”.

El primer volumen de esta edición de 1930,
abarca hasta el número 74 de EPI, aparecido a inicios de 1848 y transcribe textualmente los contenidos de cada una de las ediciones indicadas del periódico. La totalidad de sus números se convirtió en el primer instrumento publicístico de nuestras recién nacidas políticas públicas externas, en el contexto contiguo y más allá, entendiendo por tales espacios geopolíticos al Buenos Aires del dictador Juan Manuel de Rosas, en especial, después a la Cuenca del Plata, y, finalmente, al mundo extra y norcontinental, al que se llegaba por el Atlántico, y por este océano desde esas lejanías se llegaba al Paraguay, siempre y cuando Buenos Aires lo permitiese. Es esta una obra de consulta obligatoria para estudiosos e investigadores de nuestro pasado, y casi inexistente en bibliotecas y archivos locales, del ámbito público y del privado. De hecho el Estado paraguayo actual, al menos hasta hace algún tiempo atrás, carecía de la edición original y completa de “El Paraguayo Independiente”, y no se pudo confirmar si la Comisión Nacional Bicentenario (CNB), integrada por los tres poderes públicos, en su archivo y biblioteca en formación cuenta con una colección original de tan importante obra, o al menos del volumen bajo formato de libro que, con sabiduría y sano patriotismo, nos legaran por medio de la ley 962/1928 los poderes Legislativo y Ejecutivo de la Nación, en las primeras décadas del siglo pasado. Como se sabe, la CNB entre las tareas que realiza tiene la de rescatar lo que se pueda de expresiones del patrimonio cultural, histórico, artístico, etc., de la Patria paraguaya.
El prefacio de la segunda edición de 1858 y la misión cumplida. Benítez, Vasconsellos y Aveiro decidieron que la publicación que presentaban a la ciudadanía, por intermedio del Poder Legislativo, con la colaboración del Ejecutivo, se abriera con un prefacio, que reproduce un texto resumen de la segunda edición de 1858, ordenada esta por su ideólogo, director y fundador, y también editorialista y primera pluma, don Carlos Antonio López, esa compleja combinación de gobernante reformista y absolutista. A continuación, se reproducen partes del prefacio, por considerarlo una síntesis ideológica, y político y diplomática, de EPI:

“Entran en la índole y en el carácter paraguayo el amor mas acendrado á la conservación de sus derechos y al sostenimiento de su independencia. Por estos caros objetos ha hecho sacrificios de toda especie, y por lo tanto no ha podido nunca mirar con indiferencia los ataques que hayan podido dirigirle á este respecto.

“El Gobernador de Buenos-Aires D. Juan Manuel Rosas pretendió por los años de 1844 y 1845 dar una funesta consistencia á las erróneas exigencias de sus antecesores; es decir quería despojarnos de la independencia que el derecho, la razón y la ley natural nos concedia, borrando con este hecho nuestras históricas tradiciones, y empañando el escudo paraguayo, á lo cual no podian el pueblo ni su Gobierno permanecer indiferentes.

“La prensa bonaerense, representación genuina de las aspiraciones del tirano del Río de la Plata argumentaba acaloradamente y estraviaba la opinión del público, desnaturalizando los hechos y cimentando con sofísticas ideas los supuestos derechos á la violenta usurpación que solicitaba hacer de nuestra santa independencia.

“Era, pues, necesario, buscar la manera de sofocar esta voz extraviada y hueca; era necesario oponer la razón á las gratuitas observaciones que no tenian otro fundamento que el error, y apareció entonces el Paraguayo Independiente, con aquella enérgica decisión que le ha distinguido en todo el periodo que ha recorrido desde su creación.

“Desde esta época data igualmente la introducción de la primera imprenta que ha conocido la República; desde esta época empezó a tener el pueblo paraguayo un baluarte literario, para la defensa moral de sus intereses, y para conjurar con manos firmes las aberraciones de nuestros enemigos.
“El Paraguayo Independiente es hoy para nosotros el gran libro que ha de consultar el historiador para la debida apreciación de sus juicios; es en fin el monumento más sólido sobre que tiene que descansar la historia moderna de la República del Paraguay.
“Las condiciones que reconocemos en esta obra son las que nos han impulsado á emprender su reimpresión, convencidos de que afirmamos la base de nuestra independencia, y de que hacemos un servicio á nuestros conciudadanos”.El general Justo José Urquiza, el nuevo hombre fuerte de la Confederación Argentina, después de Caseros (1852), en su carácter de Director Provisional de aquella organización jurídica y política, acreditó ante López, en carácter de ministro plenipotenciario, a su cercano consejero, Santiago Derqui, quien el 17 de julio de 1852 en Asunción comunicó al pueblo y gobierno paraguayos el reconocimiento provisorio de la independencia y soberanía de la República del Paraguay, que después sería ratificado por un Congreso General de la confederación. La nueva coyuntura dejaba sin objeto de debate y lucha al semanario EPI, y entendiéndolo así, López lo clausuró, en estos términos: “Nuestro papel concluye con este número y al cerrarlo tenemos la íntima complacencia de felicitar a nuestros compatriotas  por la consecución de los tres grandes objetos de la República: el reconocimiento de la Independencia de la República; el acuerdo definitivo de límites con la Confederación Argentina, y la libre navegación de nuestro pabelló en el río Paraná y sus afluentes”. Estas y otras consideraciones se leen en el número de cierre del hebdomadario EPI, el 118 (véase E. Cardozo, op. cit., p. 122). En este respecto, el Paraguay de López padre podía decir, con justicia, “misión cumplida” 
“[…] En la época de la asunción del poder, Carlos Antonio López era un hombre de 52 años, gordo, pesado, de estampa española, de salud precaria a pesar de su vida campesina. Frente amplia, boca fina, barba y bigotes rasurados, gran papada, cuello corto, cuerpo metido en carnes. Nada tiene de elegante, pero su figura es imponente; resalta el gran señor, el Caraí, como le llamaba el pueblo. Es sereno, exigente, puntilloso, pero no extravagante. No era un  neurótico como el doctor Francia, ni vanidoso como el mariscal. Habla con corrección el español y emplea con la gente del pueblo el guaraní. Es difícil acercársele, pero todos los viajeros que tuvieron oportunidad de tratarle afirman que era amable, conversador y hasta locuaz.

“Juan Crisóstomo Centurión traza un perfil del presidente ya en los últimos años, allá por 1860, cuando el futuro historiador estuvo a despedirse, antes dembarcar para Inglaterra:

“‘Don Carlos Antonio López era extraordinariamente grueso; era más bien bajo que alto de estatura, blanco, ojos grandes y hermosos como unas cuentas, cabeza grande, cabello sedoso-negro, bastante poblado de canas, frente espaciosa y nariz algo corta y gruesa, indicando energía. Los pies y las manos chicos. No usaba barba. El conjunto de su fisonomía no puede decirse que era bello, ni simpático; pero prevalecía en él una gravedad imponente, sin ningún signo que indique contracción muscular, con lo que manifestaba tranquilidad de espíritu. Hablaba con pausa y bien, pronunciando cada palabra con claridad y corrección. Laborioso en extremo, como que por el sistema del gobierno que regía entonces, todo el peso de la administración pública, hasta en sus más insignificantes detalles, gravitaba sobre sus hombros, era el primero en asistir a su despacho y el último en retirarse.

“‘Bajo su administración, el país llegó a alcanzar una altura considerable de progreso material, pero el templo de la libertad permaneció siempre cerrado. El sistema de gobierno no era otra cosa que una derivación del que había fundado el doctor Francia. Era una dictadura reglamentada de manera a acomodarla a las necesidades del espíritu de la época. El mismo Congreso de 1844 dictó la ley estableciendo la administración política de la República del Paraguay y demás que en ella se contiene. Si bien esta especie de Constitución distribuyó el Poder Público en sus tres consabidos ramos, Legislativo, Ejecutivo y Judicial, los detalles de la misma los hacían converger en una sola persona que era el presidente. De esta manera quedó erigido el absolutismo en ley, y la arbitrariedad en principio administrativo, puesto que no estaba determinada ni mencionada siquiera la responsabilidad del gobernante y de sus ministros. Sin embargo, por imperfecta y defectuosa que fuese dicha Constitución, como estaba colocada sobre la condición actual del Paraguay, es decir, el grado de civilización de que gozaba, no dejó de darle orden y prosperidad relativas, pero carecía por completo de los principios necesarios en orden a preparar al pueblo para el porvenir. Tenía con todo, un gran mérito y era el de la originalidad, y en este concepto era el retrato fiel de las condiciones políticas de nuestra sociedad. Hablando sin pasión y con toda imparcialidad, don Carlos Antonio López ha usado del inmenso poder que tenía, el cual le hacía dueño de vidas y haciendas, con bastante moderación y con excepción de algunos actos violentos y arbitrarios que constituyen una mancha en su vida pública, ha sido el gobernante que más hizo por su país y que con más patriotismo e ilustración ha defendido sus derechos.

“‘Fundó El Paraguayo Independiente, primer periódico que vió la luz pública en el Paraguay, con el exclusivo objeto de discutir y sostener los derechos del pueblo paraguayo a la independencia contra las pretensiones del dictador de Buenos Aires. Su gobierno, comparado con el del dictador Francia, puede decirse que fué de progreso, de orden y de libertad. Estaba profundamente penetrado de la importancia para el Paraguay en la primera época de su regeneración y así todo su empeño era conservarla con todos los países del mundo, y sobre todo, con los vecinos. Si hubiese vivido dos años más, tal vez la República se hubiera salvado de la ruinosa Guerra de la Triple Alianza’. […]”. (Justo Pastor Benítez, Carlos Antonio López (Estructuración del Estado Paraguayo), Editorial Ayacucho, Buenos Aires, 1949, pp. 271-273).
Don Carlos: el hombre
“Las políticas públicas externas de López respetaban la Realpolitik, puesto que, cuando su temperamental intransigencia le ponía en el mismo borde del abismo, en lugar de dar un paso adelante encontraba la manera de retroceder, de común acuerdo con su ocasional enemigo …”
Imagen reproducida de Crónica Histórica Ilustrada del Paraguay, Quevedo de Ediciones, Buenos Aires, 1997, p. 410. 
Imagen reproducida de Crónica Histórica Ilustrada del Paraguay, Quevedo de Ediciones, Buenos Aires, 1997, p. 421.
Imagen reproducida de Crónica Histórica Ilustrada del Paraguay, Quevedo de Ediciones, Buenos Aires, 1997, p. 404.
Reproducción facsimilar de la portada y de la p. 2 del número XXI de
El Paraguayo Independiente, en
Quevedo de Ediciones, Buenos Aires, 1997, p. 426 y p. 428.
Reproducción facsimilar de la Ley número 962 de 1928, por la cual se creó la comisión ad hoc del Congreso  para reeditar en formato libro el periódico El Paraguayo Independiente.

 
Las páginas de “El Paraguayo Independiente” argumentaban con seriedad, y, no pocas veces, también recurriendo a secciones

panfletarias, acerca de los derechos e intereses nacionales, en el contexto de los nacientes Estados del Plata, y en particular sobre las acechanzas de la colonialista obsesión antiparaguaya del tirano Rosas. “El Paraguayo Independiente”, hablando sensu lato, fue la
continuación publicística oficial de “El Repertorio Nacional” (ERN), de la época del Segundo Consulado, una suerte de primer gaceta oficial paraguaya, y que durante 1843 se imprimió en Corrientes. El periódico EPI inició sus tareas, según se indica en el título de la obra ahora comentada, un sábado 26 de abril de 1845 y cerró sus ediciones otro sábado, el del 18 de setiembre de 1852, cuando ya la Confederación Argentina, finalmente, había reconocido, de hecho y de pleno derecho, la Independencia Nacional. Bajo la dominación española, y gracias a los jesuitas, en 1700 el Paraguay tuvo la primera imprenta del Río de la Plata, aunque por corto tiempo y sin mayores repercusiones en la provincia, excepto en el mundo de las misiones. Para hacer realidad el inteligente y civilizado proyecto de EPI, López adquirió una imprenta destinada al Estado, y fue así la primera de la República del Paraguay, caracterizada desde sus inicios por sucesivos regímenes despóticos, que implantaron la predominante tradición autoritaria en la política nacional.

El historiador nacional Efraím Cardozo (en el Paraguay independiente, Carlos Schauman Editor, Asunción, 1988, segunda edición paraguaya, pp. 99-100) brinda interesante información acerca del frente publicístico del despótico presidente López, a la vez inclaudicable defensor de la soberanía nacional: “[…] López se resistía a unirse militarmente con los enemigos internos de Rosas, aun cuando ello le deparase el reconocimiento de la independencia nacional, pero estaba dispuesto a enfrentarse con el gobernador de Buenos Aires en cualquier terreno que le provocase. La Gaceta Mercantil y Archivo Americano, órganos oficiales de Rosas, redactados principalmente por Pedro de Angelis, iniciaron de consuno, poco después del 8 de enero, una sistemática campaña destinada a demostrar que el Paraguay, por el uti possidetis, era una provincia argentina y que su subsistencia como nación independiente era imposible y no consultaba
Realpolitik, puesto que, cuando su temperamental intransigencia le ponía en el mismo borde
del abismo, en lugar de dar un paso adelante encontraba la manera de retroceder, de común
acuerdo con su ocasional enemigo hasta ese momento.
“El Paraguayo Independiente” tuvo una segunda edición en 1858, ordenada por el mismo López, y la tercera fue la de 1930, cuyo tomo II no llegó a ser publicado. Llama la atención este hecho, pues la ley 962 estatuyó la impresión de mil ejemplares de la obra completa en la que el tomo II, que cubre el periodo que va de inicios de 1848 a 1852, nunca fue editado, debido probablemente a las extraordinarias exigencias nacidas de la coyuntura de la Guerra del Chaco (prolegómenos, desarrollo y las complejas y también estratégicas batallas diplomáticas por nuestros derechos y la paz), y teniendo en cuenta la labor desplegada entonces en la defensa nacional por Justo Pastor Benítez, el destacado político, escritor, intelectual, diplomático e ideólogo liberal, a más de habitual e intermitente exiliado y desterrado; por César Vasconsellos, un joven parlamentario de la minoría del coloradismo “participacionista” y por entonces ya uno de los estudiosos de los límites de nuestro país (en 1931 la Cancillería editó su libro Los límites del Paraguay. El ajuste con el Brasil en 1872, Imprenta Nacional, Asunción, 1931, tomo I, 200 p.), que así empezaba a tomar la posta de las generaciones mayores, dedicadas durante décadas, con devoción, a esa patriótica tarea. Don Eusebio Aveiro Lugo también formaba parte de la bancada oficialista, con el estilo de los “paraguayos de otros tiempos”.
Este tomo I de EPI no está fácilmente al alcance de los investigadores, e incluso tampoco se tiene noticia de la existencia de la obra en los generalmente saqueados y/o descuidados archivos y bibliotecas de los tres poderes del Estado, y en la otrora muy rica Biblioteca Nacional, sistemáticamente arrasada por depredadores-negociantes de nuestro patrimonio bibliográfico, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y hasta hace poco. EPI tuvo, además de las ya mencionadas, otras ediciones: la de 1962, decreto mediante, el dictador Alfredo Stroessner ordenó la reimpresión incompleta en dos tomos de números no consecutivos del periódico; y en 1985 apareció una edición facsimilar que incluye la reproducción desde el primer número hasta el 50.

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• Editor: José Luis Simón

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La norma legal encargaba a los diputados Justo Pastor Benítez, César A. Vasconsellos y Eusebio Lugo la responsabilidad de llevar a cabo tan importante tarea editorial, de preservación de la memoria histórica nacional, por medio del rescate de una fuente documental de la naturaleza de EPI, periódico de suma trascendencia para la Patria, ayer, hoy, mañana.

Desde luego, el encargo del Poder Legislativo era ad honorem, pues los parlamentarios trabajarían gratuitamente, como ocurrió para honra del país y de su Congreso, que no era uno ideal, pero que al menos carecía de indignos y lamentables vicios de legislaturas actuales. El trabajar en este tipo de carga pública, el de la ley de 1928, era algo común entre las autoridades, en esos tiempos caracterizados en general por el predominio del comportamiento ético, público y privado, por parte de los ciudadanos y, también, de representantes servidores del pueblo, numerosos de ellos austeros y probos y de gran calidad intelectual, además. Lo contrario ocurre desde hace al menos seis décadas, pues los parlamentarios y autoridades nacionales, amén de los empleados públicos, sobre todo desde el nivel medio, junto con el sueldo perciben una serie de retribuciones en diversos conceptos, que en realidad son remuneraciones encubiertas, incluyendo gastos varios suntuarios, viáticos y vehículos de lujo, jubilaciones de privilegio, etc., obligaciones todas para el Tesoro Nacional, tras haber recibido inexplicablemente, tales erogaciones, las correspondientes categorías de partidas presupuestarias, inmorales y discriminatorias, pero legales desde la sanción parlamentaria que las incluye y la subsiguiente promulgación del Presupuesto de Gastos por el Ejecutivo. Al momento de redactarse estas líneas, el titular del Senado, en manos del colorado Oscar González Daher, se encuentra dilapidando 400 millones de guaraníes, tan solo para “dignificar el acceso del área ocupada en el Congreso por la presidencia del Poder Legislativo”, confundiendo interesadamente valores cívicos con tan deplorable e insultante lujo, de dudoso valor artístico, además. Esa suma hoy derrochada, entre innumerables más, ¡cuánta falta hace en centros de salud, por ejemplo para paliar situaciones de emergencia de la población del país que sobrevive en medio de la extrema pobreza,



Doscientos años después, continuemos luchando unidos
para acercarnos a la condición humana, en el Paraguay y el mundo


Asunción - Paraguay,           de 2011




Año I
Número 0




Escribe José Luis Simón G. (*)
E
un inmenso sector social carente de lo mínimo para vivir con las necesidades básicas
satisfechas, que además es humillada con las flotas renovadas cada año de vehículos
lujosos, que los más altos y supuestos servidores públicos, impune e impúdicamente,
utilizan incluso para que les transporten a las sibaríticas playas de Punta del Este,
como acaba de ocurrir con el vehículo asignado en la Corte Suprema de Justicia
al ministro Sindulfo Blanco, del cupo liberal!